¿Y el aborto social?

Opinión
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¿Para cuándo una discusión aterrizada, pragmática y no moralizada sobre nuestra responsabilidad en el bienestar de la infancia y aseguramiento de condiciones de existencia? 

Néstor Pérez Gasca.

Por: Néstor Pérez Gasca 

Sin embargo, bien podríamos iniciar la decantación sobre qué postura tomar a través del ejercicio de la conocida duda metódica. Consideremos el escenario de la prohibición total del aborto. Como con otros fenómenos prohibidos, lo que se genera no es que desaparezca su práctica, sino que se realice sin ningún tipo de reglas y en condiciones de anonimato y clandestinidad que atentan contra la salud y dignidad de la mujer y del no nacido. Evidencia de lo anterior son las cifras sobre abortos clandestinos, cuyos miles de casos por año persuaden para que se busque algo distinto a la prohibición.

Consideremos ahora el escenario de la autorización total del aborto. En todos los casos de interrupción voluntaria del embarazo hay un compromiso en la salud de la mujer y consecuencias psicosomáticas. Controlar las condiciones en que se realiza, las razones que sustentan la decisión de abortar, el número de interrupciones permitidas, y en general, todos los aspectos atinentes (como el interés por salvaguardar la vida del no nato), hacen concluir que debe haber límites en esas prácticas.

Luego, el establecimiento de reglas claras, de un plan de atención estructurado en el sistema general de salud, y la garantía de una decisión informada, son los elementos de la ruta que debe tomarse, tanto en los casos considerados por la Corte Constitucional como en los que no.

En esta ruta, el aborto no será el único de los temas a considerar. En efecto, la promoción seria, universal y hasta agresiva de los métodos anticonceptivos tanto para ellos como para ellas, así como lograr políticas exitosas para evitar el embarazo adolescente, la violencia sexual y los embarazos no deseados, son asuntos sin los cuales no puede llegarse a buen puerto.

Y es que es factible hablar que en Colombia existe una especie sui géneris de aborto: el aborto social. La primera faceta de este aborto social son las realidades que preceden a la decisión individual de abortar, a saber, el casi nulo acompañamiento estatal a la niña y a mujer, las desmejoradas condiciones materiales de vida, la falta de acceso a la educación sexual, entre otros. La segunda faceta es observable en el abandono institucional y social a que sometemos a los niños en este país y en este lado del mundo; la violencia, la pobreza y el desamor no son difamaciones infundadas, por el contrario, son el universo en el que crecen y en el que (desafortunadamente) perecen a temprana edad muchos de ellos.

Por lo anterior, me permito preguntar: ¿Y el aborto social? ¿Para cuándo una discusión aterrizada, pragmática y no moralizada sobre nuestra responsabilidad en el bienestar de la infancia y aseguramiento de condiciones de existencia que no los conviertan en los niños soldados de nuestros campos y selvas, en las tumbas de los menores muertos por inanición en la Guajira, en los jóvenes consumidos por la droga en las ciudades?

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